Mi hija Lily, de diez años, tenía una costumbre que poco a poco empezó a inquietarme. Todos los días, en cuanto entraba por la puerta después del colegio, dejaba caer la mochila y corría directamente al baño. Sin merendar, sin saludar, solo el sonido de la puerta al cerrarse tras ella.
Al principio, no le di importancia. Los niños sudan, me decía. Quizás simplemente le gustaba sentirse limpia. Pero con el paso de las semanas, la rutina parecía menos una preferencia y más algo ensayado.
Una tarde, finalmente le pregunté con delicadeza: "¿Por qué te bañas siempre enseguida?".
Lily me dedicó una sonrisa rápida, casi demasiado perfecta. "Es que me gusta estar limpia", dijo.
Su respuesta debería haberme tranquilizado. En cambio, me dejó una inquietud silenciosa en el pecho. Lily solía ser despreocupada y un poco desordenada. Esa respuesta no sonaba a ella; sonaba ensayada.
Una semana después, esa inquietud se convirtió en algo mucho peor.
La bañera empezó a vaciarse lentamente, así que decidí limpiarla. Me puse guantes, quité la tapa metálica y usé un desatascador para sacar lo que la obstruía.
Se enganchó en algo suave.