Me llevé una mano al vientre.
—No vas a entrar, Diego.
—¿Nunca?
Esa palabra me aterrorizó.
Y por primera vez, no tenía ganas de arreglarlo.
—No lo sé. Pero hoy no. Y no porque te estés compadeciendo de ti misma justo cuando perdiste el control de la historia.
Lo cerré.
Los meses siguientes fueron una guerra y una espera.
El embarazo de gemelos me obligó a bajar el ritmo. Náuseas intensas, fatiga, citas constantes, vitaminas, ecografías. Mi cuerpo se convirtió en un campo de batalla y un templo a la vez.
Diego intentó acompañarme a las citas.
Al principio no lo dejé.
Luego, por consejo de la psicóloga y la abogada, le permití asistir a algunas sesiones, siempre con condiciones claras. Nada de escenas. Nada de tocarme. Nada de hablar por mí.
La primera vez que escuchó los dos latidos completos, lloró.
Lloró mucho.
Miré la pantalla, no a él.
No quería que sus lágrimas me confundieran.
Más tarde, en el estacionamiento, dijo:
—Me perdí el primer latido porque soy un idiota.