Estaba en la cocina, tomando café, como si nada en el mundo pudiera romper esa falsa calma. -olweny

—Te lo perdiste porque fuiste cruel.

Asintió.

—Sí.

Esa fue la primera vez que no se defendió.

No fue suficiente.

Pero lo anoté en algún lugar de mi corazón, sin prometerle nada.

Paola no desapareció tan fácilmente.

Me envió un mensaje desde un número desconocido:

«Solo quiero que sepas que Diego me dijo que ustedes ya estaban mal antes de que yo llegara».

Respondí:

«Y le creíste porque te convenía».

Me escribió más.

No contesté.

Un mes después me enteré de que ella estaba intentando demandarlo por el dinero que le había prestado para un apartamento. Diego también le había mentido. Él le prometió que en cuanto yo “confesara” la infidelidad, se quedaría con la casa y empezarían de nuevo.

Qué bonito.

Yo era la villana en su historia y la garantía hipotecaria en la suya.

Irene se rió cuando se enteró.

—Los hombres que mienten mucho suelen reciclar sus discursos.

El vecindario, en cambio, tardó más en callar.

La vecina que solía saludarme con lástima empezó a verme diferente cuando mi suegra, desesperada por recuperar el contacto, les contó a todos que los bebés eran de Diego. Entonces pasé de ser vista como infiel a ser considerada una “pobrecita”.

A mí tampoco me gustó.

No quería lástima.