Estaba en la cocina, tomando café, como si nada en el mundo pudiera romper esa falsa calma. -olweny

—Los bebés no son moneda de cambio. Si quiere reconocerlos, que lo haga correctamente. Si quiere pruebas, las presentará cuando sea apropiado, y no para humillarla.

Respiré hondo.

Por primera vez desde aquellas dos líneas, sentí como si alguien me iluminara en medio de la oscuridad.

Diego apareció en la puerta tres días después.

No gritó.

No golpeó.

Tenía barba de varios días y ojeras.

—Necesito verte.

—Habla con mi abogado.

—Laura, por favor. Soy yo.

Lo miré por la mirilla.

—Ese era el problema. Que realmente eras tú.

Se quedó en silencio.

—Rompí con Paola —dijo.

Casi me río.

—Felicidades.

—No te pongas así.

Apenas abrí la puerta, con la cadena.

Quería ver su cara cuando lo entendiera.

—¿Y qué? ¿Herida? ¿Lúcida? ¿Embarazada de tus hijos y aún así no quieres consolarte?

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Pensé que me habías engañado.

—Y decidiste castigarme antes incluso de confirmarlo. Eso no fue dolor, Diego. Fue permiso. Esperabas una excusa para irte con ella sin sentirte culpable.

Su rostro se contrajo.

Porque la verdad no siempre necesita pruebas médicas.

A veces, solo hay que decirla en voz alta.

—Paola me buscó cuando estaba confundido —murmuró—.

—Paola no te hizo la maleta. Paola no te obligó a publicar esa foto. Paola no te obligó a traerme un contrato para quedarte con mi casa.

Bajó la cabeza.

—Mi abogado se encargó del asunto de la casa.

—El abogado no duerme en tu cuerpo.

Silencio.