En el coche, de regreso a su casa, no dijo una sola palabra durante veinte minutos.
Yo manejaba con las manos tensas sobre el volante.
Finalmente le dije:
—No tienes que volver a verlos si no quieres.
Ella giró la cara hacia la ventana.
—No me duele lo que piensen de mí.
—Entonces, ¿qué te duele?
Tardó tanto en responder que pensé que no lo haría.
—Que un día tú también puedas mirarme así.
Le tomé la mano.
Estaba fría.
—No voy a hacerlo.
Ella apretó mis dedos con demasiada fuerza.
Como si quisiera creerme.
Como si ya supiera que yo estaba prometiendo algo sin conocer la verdad.
Cuando anunciamos el compromiso, el pueblo se convirtió en una boca enorme.
Todos hablaban.
La señora de la tienda me preguntó si ya había elegido color de camioneta.
Un hombre en la gasolinera dijo en voz alta que algunos sí sabían trabajar acostados.
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Mi primo dejó de saludarme.
Mi tía me mandó mensajes larguísimos rogándome que pensara bien las cosas.
Mi padre no me llamó durante dos semanas.
Yo seguí adelante.
No por terquedad, o no sólo por terquedad.
Seguí porque Eleanor, cuando estaba conmigo, parecía vivir por primera vez en muchos años.
Se reía más.
Cocinaba aunque tenía empleados que podían hacerlo.
Me esperaba en el jardín con dos tazas de café.
Me contaba historias pequeñas de libros, de música, de lugares donde había estado sin mencionar nunca con quién.
Una tarde, mientras llovía, me quedé dormido en su sofá.
Desperté con una manta encima.
Ella estaba sentada cerca, mirándome con una ternura que casi me incomodó.
—¿Qué? —pregunté, medio dormido.
Eleanor negó con la cabeza.
—Nada.
Pero lloraba.
—¿Por qué lloras?
Se limpió la cara rápido.
—Porque a veces una persona puede tener todo y seguir sin tener lo único que perdió.
Yo pensé que hablaba de un amor viejo.
De un hijo quizá.
De una familia rota.
No imaginé que hablaba de mí.
La boda se planeó con una rapidez que me sorprendió.
Eleanor decía que no quería esperar.
Yo lo tomé como una prueba de amor.
Ahora, al recordar su urgencia, entiendo que era desesperación.
La ceremonia fue en una antigua hacienda a las afueras del pueblo.
No era el lugar que yo habría elegido.
Era demasiado grande, demasiado elegante, demasiado cargado de historia ajena.
Pero Eleanor dijo que ahí podía controlar mejor quién entraba y quién salía.
Esa frase debió alarmarme.
En cambio, sólo asentí.