El día de la boda, el cielo amaneció claro y el aire olía a tierra caliente.
Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos.
Había arreglos florales en cada esquina, velas dentro de vasos altos y músicos tocando canciones suaves mientras los invitados fingían comodidad.
Mi familia llegó tarde.
Mi padre llevaba el traje de siempre, el que usaba para funerales y asuntos serios.
Mi tía no sonrió en ninguna foto.
Mi primo bebió más de la cuenta antes de que sirvieran la comida.
Del lado de Eleanor había poca gente.
Demasiado poca para una mujer con tanta vida a sus espaldas.
Y luego estaban los hombres de negro.
No eran invitados.
Eso se notaba.
Se movían por los corredores, cerca de las puertas, junto a los jardines.
Llevaban radios pequeños en los oídos y hablaban en voz baja sin mirar a nadie demasiado tiempo.
Uno revisó un coche antes de que bajara un anciano.
Otro se quedó de pie junto a la entrada de la cocina durante toda la cena.
Yo los miraba y sentía una pregunta crecer en mi garganta.
Pero cada vez que iba a formularla, Eleanor aparecía.
Me tocaba el brazo.
Me sonreía.
Me decía:
—Hoy no, Travis.
Y yo obedecía.
Durante la ceremonia, sus votos fueron cortos.
No habló de futuro.
No habló de envejecer juntos.
Dijo que me había buscado en cada silencio sin saberlo.
Dijo que mi bondad era una puerta que ella no merecía cruzar.
Dijo que, si alguna vez la verdad me quitaba de su lado, al menos quería que yo supiera que su amor había sido real.
La gente suspiró, creyendo que eran palabras románticas.
Yo también lo creí.
Pero mi padre bajó la mirada.
Lo vi.
Cuando Eleanor dijo la palabra verdad, mi padre bajó la mirada como si alguien le hubiera puesto una mano invisible sobre la nuca.
En la fiesta, las copas chocaban, los músicos tocaban y los invitados nos miraban como se mira un accidente elegante.
Algunos sonreían con curiosidad.
Otros con burla.
Mi tía se acercó a mí cuando Eleanor hablaba con un hombre de traje oscuro.
—Todavía puedes irte —me dijo.
—Hoy es mi boda.
—Por eso te lo digo hoy.
La miré cansado.
—¿Por qué les cuesta tanto creer que alguien pueda quererme de verdad?
Mi tía abrió la boca, pero no respondió.
Ese silencio me dolió más que su rechazo.
Porque en el fondo, quizá, yo también me había hecho esa pregunta demasiadas veces.
Eleanor apenas comió.
Movía los alimentos en el plato, bebía agua, miraba hacia la entrada del patio.
A las diez de la noche, uno de los hombres de seguridad se acercó y le susurró algo.
Ella se puso pálida.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
—Eleanor.
—Esta noche te lo explico todo.
Otra vez esa frase.
Esta noche.
Todo.
Me aferré a esas palabras como si fueran una promesa normal.
Cerca de la medianoche, nos retiramos.
Los músicos seguían tocando abajo, pero al subir las escaleras el sonido se apagó hasta convertirse en un rumor lejano.
La habitación nupcial era enorme.
Tenía paredes claras, un espejo antiguo, una cama cubierta con sábanas blancas y un balcón con cortinas que se movían apenas.
Había flores sobre una mesa y una botella sin abrir junto a dos copas.
Parecía una escena preparada para una noche de amor.
Pero Eleanor cerró la puerta con llave.
Luego apoyó la frente contra la madera un segundo.
Ese gesto me heló.
—¿Estás asustada? —pregunté.