"Porque cada vez que hablábamos de dinero, acabábamos discutiendo. Volviste a casa cansado, y con razón. También estaba cansado. Y si te lo dijera, querrías usar ese dinero para relajarte un poco, para darte un regalo, para no sentirte inferior a tus amigos.
Bajó la cabeza.
Eso era cierto.
"Pensé que si te lo decía antes, no funcionaría", continuó. "Así que preferí lidiar con su enfado. Prefería que me llamara mezquina, exagerada, controladora... que vernos pagar alquiler durante otros 10 años."
Martin cerró los ojos.
Todos los recuerdos volvieron a su mente de golpe.
La vez que le gritó porque solo le dio 20 pesos para el billete del autobús.
La vez que se fue a la cama sin cenar como castigo.
La vez que sus amigos le dijeron que Maribel "le había domado bien" y él, furioso, incluso le repitió lo mismo a la cara.
La vez que lloró suavemente en la cocina y él fingió estar dormido.
Qué cobarde se sentía.
Qué pequeño.
Maribel cogió una tercera hoja de papel.
"Y hay una cosa más."
Martin levantó la vista asustado.
-¿Adelantar?
Ella asintió.
"No solo pagué la tierra. También separé los materiales: cemento, varillas de varilla, bloques de hormigón. Dom Ernesto tiene un primo que es albañil. Nos ayudará a construir primero dos habitaciones y el baño. No quedará bonito al principio. Puede que ni siquiera tenga suelo. Pero será nuestro.
Martin empezó a llorar en silencio.
No como en las películas.
No con dignidad.
Lloró con el rostro retorcido, los hombros caídos y una vergüenza que le desgarraba el pecho.
Maribel se acercó despacio.
"Yo también quería tacos, Martín. Yo también quería irme. También quería comprar zapatos nuevos, en vez de repararlos. También desearía que dejaras de mirarme como si fuera tu enemigo.
Soltó un sollozo.
-Perdóname.
"Pero cada vez que decía "no", no era porque no te quisiera. Era porque estaba guardando un pequeño trozo de pared, una ventana, una puerta.
Martin se apretó los papeles contra el pecho.
"Pensé que me ibas a quitar la vida."
Maribel negó con la cabeza.
"Buscaba un lugar donde pudieras descansar sin miedo.
Esa frase le destrozó.
Porque siempre creyó que necesitaba dinero para sentirse un hombre.
Dinero para comprar una ronda.
Dinero para evitar estar en mal estado.
Dinero para que otros no se burlaran de ellos.
Pero Maribel, en silencio y con su cuaderno de papel cuadriculado, había entendido algo más profundo.
Lo que necesitaba no era una cerveza para olvidar la vida.
Necesitaba una vida de la que no quisiera escapar.
Martin se levantó y la abrazó.
Al principio, se mantuvo rígida.
Había recibido tantas quejas que incluso el afecto le parecía sospechoso.
Pero entonces apoyó la frente en su pecho y también lloró.
La comida se ha enfriado en la mesa.
El pudin empezó a ponerse aguado.
El refresco perdió el gas.
Nada de esto importaba.
Durante unos minutos, solo estaban ellos dos, abrazados en la cocina de una casa alquilada que ya no parecía una prisión, sino una despedida.
"Soy un idiota", dijo Martin entre lágrimas. "Te acusé de cosas horribles."
"Sí", respondió Maribel con franqueza.
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