PARTE 1
Alejandro amaba su guitarra más que nada en el mundo.
Una vez, le compramos una guitarra cara para su cumpleaños y pasaba horas tocándola todos los días.
Hace poco, entré a su habitación para recoger la ropa sucia y me di cuenta de que solo estaba el soporte de la guitarra.
La guitarra había desaparecido.
Busqué por toda la casa, pero no la encontré por ningún lado.
Así que esperé a que Alejandro volviera del colegio y le pregunté:
“Cariño, ¿dónde está tu guitarra?”
Bajó la mirada y dijo:
“La vendí, mamá”.
Estaba a punto de enfadarme.
Pero antes de que pudiera decir nada, Alejandro me explicó que había una niña en su clase llamada Elena.
Me contó que su vieja silla de ruedas estaba prácticamente hecha pedazos.
Apenas podía mover las ruedas lo suficiente como para ir de un aula a otra.
Las costuras se estaban descosiendo y el metal estaba cubierto de óxido.
Luego añadió:
“Los otros niños se rieron, pero yo no podía ignorarlo. Sabía que sus padres no podían permitirse una silla de ruedas nueva”.
Conocía a Elena, pero no tenía ni idea de que su familia estuviera pasando por un momento tan difícil.
Estaba orgullosa de mi hijo.
A la mañana siguiente, un fuerte golpe resonó en la casa.
Cuando abrí la puerta, allí estaban DOS POLICÍAS.
Uno de ellos me saludó, me miró a los ojos y preguntó:
“¿Es usted la madre de Alejandro?”.
En ese momento, Alejandro salió de su habitación y se quedó paralizado al ver a la policía.
Entonces el agente continuó:
“Señora, necesitamos que usted y su hijo salgan”.
Se me revolvió el estómago.
Tomé la mano de Alejandro y le pregunté:
“¿Qué pasó? ¿Qué hizo mi hijo?”.
El agente se aclaró la garganta y respondió:
“Señora, ¿no sabe lo que ha hecho su hijo? TIENE QUE ESCUCHAR LA VERDAD.”
El agente siguió hablando, y sentí que se me cortaba la respiración…
PARTE 2: El Sacrificio
La mañana en que la policía llegó a mi puerta, pensé que mi hijo había hecho algo terrible. Ese fue mi primer error. El segundo fue suponer que ya conocía toda la historia unas noches antes, cuando entré en la habitación de Alejandro con una cesta de ropa sucia al hombro y noté el espacio vacío junto a su escritorio.
Su guitarra había desaparecido.
“¿Alejandro?”, lo llamé.
“¿Sí, mamá?”, gritó desde la cocina.
“¿Dónde está tu guitarra, hijo?”
“Mamá”, dijo, apareciendo en la puerta de su habitación. “Siento no habértelo contado…”
“Alejandro, ¿qué pasa?”