Esperanza Ramírez había aprendido a contar todo desde que Javier murió: los bolillos, los pañales, los pasos hasta la tienda, los pesos que faltaban, las veces que sus hijos preguntaban cuándo volvería su papá.
Javier no volvió de la obra de Coyoacán. Le dijeron que había sido un accidente, una caída mala, una desgracia de esas que nadie explica dos veces porque la pobreza no suele recibir explicaciones largas.
El día del entierro, doña Dolores se mantuvo junto al ataúd con el rostro duro. No abrazó a Esperanza. No cargó a Lucía. No miró a los niños salvo para corregirles el llanto.

Después cambió todo. Donde antes decía «mija», empezó a decir «esa mujer». Donde antes prometía ayudar, comenzó a hablar de papeles, de responsabilidades y de lo que, según ella, una viuda pobre no podía hacer.