Marisol había aprendido a mantener la casa impecable porque el orden era lo único que Héctor no podía usar contra ella. Las cortinas planchadas, los platos guardados por tamaño y las fotos familiares en la sala parecían prometer normalidad.
Pero una casa limpia no siempre es una casa segura. A veces solo es un escenario bien barrido donde nadie de afuera alcanza a ver quién tiembla antes de hablar.
Valeria, de quince años, era una niña que pedía perdón antes de pedir agua. En la escuela era callada, aplicada y de esas alumnas que entregan todo a tiempo aunque estén agotadas.

Marisol sabía leerle la cara. Sabía cuándo una sonrisa de Valeria era real y cuándo era la máscara que se ponía al escuchar las llaves de Héctor girando en la puerta.
Héctor, en cambio, confundía autoridad con castigo. Decía que estaba criando a una hija fuerte, pero lo que realmente hacía era entrenarla para no necesitar nada delante de él.