La abuela abrió el ataúd blanco de su nieta para despedirse en privado y vio que la niña respiraba.im-yilux
Los pasos se aceleraron.
—Mamá —la voz de Rodrigo atravesó la casa con una calma que no encajaba—. ¿Estás abajo?
Aurelia cerró los ojos un segundo, sabiendo que ya no había forma de ocultar lo que estaba ocurriendo.
Podía salir ahora y huir bajo la lluvia, sin nada, sin explicación, con una niña que oficialmente estaba muerta.
O podía quedarse, enfrentar a su hijo y exigir la verdad que ya intuía, pero que aún no había sido dicha en voz alta.
Renata levantó la cabeza y la miró, con una súplica silenciosa que no pedía palabras, solo protección.
—No quiero volver —susurró la niña, casi sin sonido.
Esa frase cayó sobre Aurelia con más peso que cualquier grito, más que cualquier evidencia encontrada en el ataúd.
La puerta de la lavandería se abrió de golpe.
Rodrigo estaba allí, empapado en luz tenue, con el teléfono aún en la mano y una expresión que no era sorpresa, sino decepción.