El silencio se volvió pesado, lleno de pasos que ya no intentaban ocultarse, como si quien bajaba supiera exactamente lo que buscaba.
Aurelia miró alrededor con desesperación, buscando una salida que no implicara cruzarse con Rodrigo en el pasillo o en la cocina iluminada.
Recordó la puerta trasera, vieja, mal alineada, que daba al pequeño patio donde la lluvia caía sin descanso desde hacía horas.
—Vamos —susurró—, no hagas ruido, pase lo que pase.
Renata asintió, pero su respiración era irregular, como si cada movimiento le costara más de lo que su pequeño cuerpo podía soportar.
Avanzaron despacio, esquivando cajas, cestas de ropa, cualquier objeto que pudiera delatarlas con un sonido inoportuno.
El pomo de la puerta trasera estaba frío, casi pegajoso por la humedad, y Aurelia sintió que ese simple gesto decidiría todo lo que vendría después.
Detrás de ellas, un golpe seco resonó arriba, seguido de un silencio más denso que antes, como una pausa antes de algo inevitable.
Aurelia giró el pomo lentamente, conteniendo el aliento, pero la puerta chirrió apenas, lo suficiente para que su corazón se detuviera por un instante.

