Desperté del coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos”… mi esposo y mi propia hermana esperaban que muriera para quedarse con todo
PARTE 1
“Tu papá está esperando que te mueras, mamá… por favor no abras los ojos.”
Eso fue lo primero que escuché después de doce días perdida en una oscuridad espesa, como si me hubieran enterrado viva sin ataúd.
No podía mover un dedo. No podía hablar. Ni siquiera podía respirar hondo sin sentir que el dolor me partía el cráneo. Pero reconocí esa voz al instante.
Mateo.
Mi hijo de nueve años estaba junto a mi cama, llorando quedito, con su manita apretando la mía como cuando se asustaba con los cohetes de septiembre.
—Mamá… si me oyes, apriétame poquito. Por favor.
Quise hacerlo. Juro por la Virgen que quise. Pero mi cuerpo no obedeció.
Una enfermera entró y dijo algo sobre el suero, la presión y el “milagro” de que siguiera viva. También dijo que mi camioneta había caído en una barranca rumbo a Valle de Bravo.
Todos repetían lo mismo:
—Pobre Mariana, perdió el control en la curva.
Pero yo no recordaba haber perdido el control.
Desperté del coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos”… mi esposo y mi propia hermana esperaban que muriera para quedarse con todo