“… Voy a tener que pediros que salgáis un momento."
El ambiente en la sala cambió al instante.
Al principio, nadie se movió.
Diego soltó una pequeña risa incómoda, como un hombre intentando deshacerse de un malentendido.
"¿Pasa algo?" preguntó, apretando la mano de Allison.
El médico no respondió de inmediato.
Esa fue la primera grieta.
Porque los médicos—especialmente en lugares como este, donde el dinero compraba consuelo y seguridad—siempre respondían de inmediato cuando todo estaba bien.
Pero no lo hizo.
Simplemente volvió a mirar la pantalla.
Luego en Allison.
Luego en Diego.
Y algo en su expresión hizo que toda la sala se quedara en silencio.
"Necesito hablar con el paciente en privado", repitió, esta vez con más firmeza.
Su madre frunció el ceño.
"Doctor, somos familia", dijo, casi ofendida. "Estamos aquí para celebrar—"
"Esto no es una petición", interrumpió el doctor en voz baja.
Esa fue la segunda grieta.
De esos que no podías ignorar.
La sonrisa de Sophia desapareció primero.
Entonces la tía que sostenía las flores las bajó lentamente.
Diego dudó.
Por un breve segundo, sus ojos parpadearon—no con preocupación, sino con algo más agudo.
Miedo.
No para Allison.
No para el bebé.
Para sí mismo.
"Vale", dijo finalmente, forzando un tono calmado. "Saldremos un momento."
Se inclinó y besó la frente de Allison.
"Probablemente no sea nada", susurró.
Pero su voz no sonaba convincente.
Ni siquiera para él.
Todos salieron despacio.
La puerta se cerró.
Y el silencio en el pasillo era denso.
Pesado.
Incómodo.
Pasaron cinco minutos.
Luego diez. Nadie habló.
Ya nadie se reía.
La celebración se había evaporado, reemplazada por algo frío y desconocido.
Al minuto doce, la puerta se abrió.
El doctor salió.
Pero no sonreía.
Y Allison...
Allison no estaba detrás de ella.