Cuando Daniel y María llegaron a Maplewood Street, toda la calle parecía dolorosamente normal. Las luces del porche brillaban suavemente sobre los jardines bien cuidados. Una valla blanca delimitaba la fachada de la casa. Un columpio yacía inmóvil en el patio.
Parecía el tipo de sitio donde los niños dejaban bicicletas en el césped y los vecinos pedían azúcar prestada.
Eso era lo que empeoraba todo.
María fue la primera en atacar.
Cinco segundos.
Diciembre.
Entonces se abrió la puerta.
Un hombre alto, de unos cuarenta años, con vaqueros y camiseta gris, estaba allí, con una expresión lo bastante calmada como para parecer experimentado.
— "Buenas noches, policías."
Daniel no apartó la vista de él.
"Recibimos una llamada al 911 desde esta dirección."
El rostro del hombre apenas se movía. "Entonces alguien se equivocó."
"Ha llamado una niña", dijo Daniel.
Fue entonces cuando María lo vio.
Duró menos de un segundo. Un destello en sus ojos. Sin confusión.
Reconocimiento.
"Mi hija está dormida", dijo el hombre rápidamente. "Soy Thomas Miller."
Entonces, desde las escaleras detrás de él, llegó el sonido más grave del mundo.