—Oye, hubo una emergencia. Iba a llamar.
—¿Estabas allí?
Víctor Aguirre miró más allá de él.
—Necesitamos reunir algunos documentos para los editores.
Erpeto miró las bolsas de lona.
—Documentos extensos.
Lorepa suspiró.
—No compliques las cosas. Ya has perdido toda la dignidad.
El viejo ilult lo habría matado ayer.
Hoy, lo empeoró.
—Vengan —dijo Ernesto—. Todos.
Se comportaron como personas que regresaban a una casa que creían embrujada.
Rosa estaba de pie al pie de la escalera.
Lorepa torció la boca.
—¿Sigues aquí? ¿Cómo jugamos? La pobreza hace compañía.
Rosa bajó la mirada.
—Buenas noches, señora.
Lorepa miró a Erpeto.
—Dile a tu ama de llaves que prepare café mientras nos ocupamos de asuntos de adultos.
Eresto sonrió.
—No. Rosa se queda hoy.
La expresión de Héctor cambió.
—Eresto, quizás deberíamos hablar en privado.
—Lo haremos —dijo Ernesto—. Reservaré la habitación de invitados.
El color desapareció del rostro de Víctor Agüero.
Lorepa se recuperó primero.
—¿Qué habitación de invitados?
—La de arriba —respondió Ernesto—. La que está llena de mi dinero.
Nada se movió.
Afuera, un trueno retumbaba sobre la ciudad.
Lorepa se rió.
—Estás inestable.
—Me han dicho cosas peores personas con mejor sentido de la oportunidad.
Ernesto subió las escaleras, obligándolos a seguirlo.
Al llegar a la habitación de invitados, Lorepa se detuvo tan bruscamente que Héctor casi chocó con ella.
El dinero yacía expuesto bajo una luz amarilla.
La caja metálica estaba abierta sobre la cama.
Rosa permanecía de pie frente a la puerta, como una testigo tallada en la escalera.
Erpeto se giró.
«Sorpresa». Instalación de compartimento oculto.
Víctor Agüero susurró: «Eso parece».
Erpeto casi se echó a reír.
«Ese es el ataúd patriarcal del culpable».