Mariana levantó la mirada, y por un momento vi a la niña que corría por ese mismo patio, antes de que la vida la golpeara tan fuerte.
—Sí. Y creo que sabe que yo hablé.
El silencio que siguió no fue incómodo, fue denso, como si todos estuviéramos calculando el peso de lo que eso significaba.
Miré hacia la puerta principal casi por instinto, como si esperara ver a alguien observándonos desde la calle.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —pregunté, aunque sabía que no era una pregunta justa.
—Porque no tenía pruebas —respondió—. Y porque pensé que si todo terminaba, ya no importaría.
Tragué saliva, sintiendo cómo la culpa volvía a instalarse en el pecho, pesada, constante, imposible de ignorar.
—Ahora sí importa —dije—. Y mucho.
Valeria llegó sin avisar, como lo había hecho aquella noche, con esa misma energía que hacía que todo pareciera moverse más rápido.
—Necesito hablar con ustedes —dijo apenas cruzó la puerta, sin siquiera saludar.
Su mirada se detuvo en Mariana, y en ese instante entendí que no venía a confirmar, sino a advertir.
—Acabamos de recibir información nueva —continuó—. Hay alguien intentando recuperar documentos que no fueron asegurados durante los cateos.
Mariana dejó la taza sobre la mesa con un pequeño golpe seco que resonó más de lo que debería.
—Entonces es él —murmuró—. El que faltaba.
Valeria no respondió de inmediato, pero su silencio fue suficiente para confirmar lo que nadie quería decir en voz alta.
—¿Qué tan peligroso es? —pregunté, sintiendo que cada palabra costaba más que la anterior.
Valeria suspiró, como si midiera cuánto podía decir sin provocar pánico.
—Lo suficiente como para que esto no haya terminado.
El aire se volvió más frío, o quizá era la sensación de estar otra vez al borde de algo que no podíamos controlar.
—¿Qué quiere? —preguntó Teresa, aferrándose al respaldo de la silla como si fuera lo único firme en ese momento.
—Silencio —respondió Valeria—. Siempre es lo mismo.
Miré a Mariana, y por primera vez desde el juicio, dudé si realmente estábamos a salvo.
—Tenemos que decidir qué hacer —dije, aunque en realidad lo que quería era que alguien más tomara esa decisión por mí.
Mariana negó con la cabeza lentamente.
—No —dijo—. Esta vez no vamos a escondernos.
La determinación en su voz no era impulsiva, era el resultado de todo lo que había soportado.
—Si hablamos, esto se hace más grande —intervino Valeria—. Pero si callamos, él gana.