—¿Fraude?
—Organizado, quizá. Y Mariana puede saber más de lo que cree.
En ese momento llegó un abogado en traje azul marino. Se presentó como Mauricio Rivas. Ni preguntó qué había pasado. Solo miró a Rubén y dijo:
—No digas nada.
Valeria sonrió apenas.
—Qué rápido llegó. Casi como si estuviera esperando la llamada.
Los policías llegaron después. Tomaron declaraciones, fotografiaron el rostro de Mariana y se llevaron a Rubén por agresión. Al pasar junto a ella, le susurró:
—Me vas a pagar esta vergüenza.
El oficial lo escuchó y le añadió intimidación.
Esteban quiso irse, pero Valeria le cerró el paso.
—Yo me quedaría cerca. La noche apenas empieza.
Cuando todos salieron del patio, subí a la antigua recámara de Mariana. Estaba sentada en la cama, abrazando una almohada como cuando era niña.
—Perdóname, papá —dijo llorando—. Pensé que si hablaba nadie me iba a creer.
—Perdóname tú a mí por no verlo antes.
Entonces me contó lo peor.
Rubén la obligaba a quedarse arriba cuando Esteban llegaba con hombres desconocidos. Hablaban en el sótano de choques, lesiones, pagos y pólizas.
Una noche escuchó que alguien lloraba porque “el golpe había salido mal”. Rubén dijo que no importaba, que con una lesión más grave cobrarían más.
Sentí náuseas.
Bajé corriendo. Valeria acababa de colgar.
—Arturo —dijo con el rostro serio—. La fiscalía lleva meses investigando una red de accidentes simulados en el Valle de México.


