Cuando Sarah me llamó, la empresa de renta seguía frente al portón con una carpa enorme y varias filas de sillas que no podían descargar.
Arthur había rechazado la entrega, y mi hija quería que yo corrigiera, en cuestión de minutos, una decisión que llevaba meses negándose a aceptar.
—Mamá, habla con ese hombre —dijo apenas contesté—. Dile que deje entrar a la gente de la renta.
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—No puedo darle permiso para usar una propiedad que no me pertenece.
—Pues explícale que es para mi boda.
—Él ya lo sabe.
Sarah soltó un suspiro brusco.
—Entonces dile que tú la vendiste sin avisarme.
Ahí entendí lo que estaba intentando hacer.
No quería resolver el problema.
Quería cambiar la historia.
—Te lo dije durante la cena —respondí—. También te lo repetí después, cuando me escribiste sobre los invitados.
—Yo pensé que estabas hablando de venderla algún día.
—Te dije que los papeles ya estaban firmados.
Del otro lado escuché una voz masculina preguntando algo y después a Sarah cubrir el micrófono.
No alcancé a distinguir las palabras, pero sí el tono.
Alguien estaba empezando a hacer preguntas que ella no quería contestar.
—¿David sabe que vendiste la finca? —preguntó al volver.
—David estaba sentado frente a mí cuando lo dije.