Durante 18 años exactos, Rosa durmió al lado de una almohada que no era suya, pero que ocupaba el lugar de todo lo que Miguel decidió no volver a darle.
La almohada era vieja, plana por el uso, con una funda que Rosa lavaba cada sábado aunque le doliera hacerlo. Miguel la colocaba en medio de la cama con una precisión casi religiosa.
Nunca decía nada al hacerlo. Solo la tomaba del respaldo, la estiraba entre los dos cuerpos y apagaba la lámpara. Después le daba la espalda como quien cierra una puerta.

Rosa no protestaba porque creía conocer el origen de ese muro. Había una tarde, un motel, una argolla dejada sobre un buró y una confesión que nunca dejó de arderle.