Al día siguiente, llamé a Carmen. Pero no para iniciar los trámites de divorcio. Para hacer algo diferente.
Divorcio y separación
Terapia de pareja
«Necesito entender exactamente qué tenemos y cómo está todo estructurado», le dije. «Al detalle. Todo».
Carmen era una buena abogada precisamente porque no hacía preguntas innecesarias cuando el cliente tenía cierto tono de voz. Empezamos a trabajar.
Lo primero que descubrí fue algo que Rodrigo nunca se le había ocurrido contarme: la empresa que habíamos creado juntos, esta empresa de logística que empezó en un garaje hace once años y que ahora generaba millones en ingresos, estaba registrada de una forma muy inusual. Rodrigo figuraba como director y accionista mayoritario. Pero la propiedad intelectual del sistema de rutas, el algoritmo que hacía que todo funcionara y que era la verdadera razón por la que los clientes nos preferían, la había desarrollado yo durante los primeros cuatro años, antes de que naciera Valentina y me hiciera cargo de la casa.
Ese sistema estaba patentado a mi nombre.
Carmen lo vio antes que yo.
«¿Sabes lo que eso significa?» Elena dijo, con una voz que jamás le había oído.
Sí, lo hice. Pero de todos modos la dejé explicar.
Sin el algoritmo, la empresa no era una empresa. Era una flota de camiones y una lista de contactos. El verdadero valor, el valor que recientemente había atraído a tres fondos de inversión internacionales, residía enteramente en ese sistema. Y ese sistema era mío.
Matemáticas. Rodrigo podía quedarse con el 60% de una empresa que, sin mi patente, valdría una fracción de lo que él creía que valía.
Pasé los siguientes dos años siendo meticulosa. Documenté todo. Actualicé la patente. Registré una nueva empresa a mi nombre, de forma totalmente legal y transparente, a la que transferí los derechos de uso del algoritmo mediante un contrato fechado y notariado. La empresa de Rodrigo siguió operando, utilizando el sistema, pero ahora bajo una licencia que yo controlaba y que, en caso de divorcio, se revocaría automáticamente.
Nombres de bebés y mascotas
Carmen revisó cada paso tres veces.
"Es perfectamente legal", confirmó.
—Lo sé —dije—. Por eso lo hacía así.
El día de la audiencia, Rodrigo llegó con su abogado, un hombre llamado Fuentes, conocido por su agresivo estilo de negociación, quien esa mañana lucía la sonrisa de quien creía haber ganado ya.
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Firmé todo lo que Rodrigo me pidió.
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La casa. Los apartamentos. La cuenta de inversión. El coche. El 60% de la empresa.
Firmé con letra clara y sin dudar, y Rodrigo me miró con una expresión que parecía más bien lástima.
Fue entonces cuando Carmen puso un segundo documento sobre la mesa.
Fuentes lo tomó. Lo leyó. Lo releyó.
Y palideció.
—¿Qué es esto? —preguntó Rodrigo, mirando a su abogado.