Casarse con la hija

Zainab se levantó, sus dedos rozando el terciopelo del sillón. Percibió una presencia en la habitación: el olor a humo de leña, tabaco barato y el ozono de una tormenta inminente.
"La mezquita tiene muchas bocas que alimentar", dijo Malik, con la voz cargada de cruel alivio. "Uno de ellos aceptó acogerla. Te casas mañana. Con un mendigo. Una carga ciega para un hombre roto. Una simetría perfecta, ¿no?" Matrimonio

El silencio que siguió fue visceral. Zainab sintió cómo la sangre se escapaba de sus extremidades, dejando sus dedos fríos. No lloró. Las lágrimas eran un recurso que había agotado a los diez años. Simplemente sentía que el mundo cambiaba.

La boda resonó con el sonido amortiguado de pasos y risas reprimidas y quebradas. Ocurría en el patio embarrado del magistrado local, lejos de los saludos de la élite del pueblo. Zainab llevaba un vestido de lino áspero — la mayor ofensa para sus hermanas. Sintió la mano callosa de un desconocido sujetar la suya. Su agarre era firme, sorprendentemente constante, pero la manga estaba rota, la tela deshilachándose contra su muñeca. Matrimonio.

SIGUE LEYENDO EN LA PÁGINA 🥰 SIGUIENTE "Ahora es tu problema", dijo Malik con brusquedad, como una puerta que se cierra sobre una vida. Puertas y ventanas

El hombre, Yusha, no dijo nada. La condujo lejos del único hogar que había conocido, sus pasos firmes incluso en el barro. Caminaron durante horas, dejando atrás el aroma del jazmín y la madera pulida, sustituido por el olor acre y pútrido de las orillas del río y el aire pesado y húmedo del entorno.

Su casa era una choza que crujía con cada ráfaga de viento. Olía a tierra húmeda y hollín viejo.

"No es para tanto", dijo Yusha. Su voz fue una revelación: profunda, melodiosa y carente de la dureza a la que se había acostumbrado en los hombres. "Pero el techo es firme y las paredes no ceden. Aquí estarás a salvo, Zainab."

El sonido de su nombre, pronunciado con tal gravedad contenida, la golpeó más fuerte que un puñetazo. Se dejó caer sobre una alfombra fina, con los sentidos agudizados. Le oyó moverse: el tintinear de una taza de lata, el susurro de la hierba seca, el crepitar de una cerilla. Esa noche, él no la tocó. Le puso una pesada manta con aroma a lana sobre los hombros y se retiró hacia la puerta. Puertas y ventanas

"¿Por qué?" murmuró en la oscuridad.