No lloró.
No corrió hacia ellos como cualquiera hubiera esperado.
Solo abrazó a Camila contra su vestido y le besó la frente, justo donde la coronita de flores se estaba cayendo.
—Hiciste bien, mi amor. Muy bien.
Camila levantó los ojos, llenos de miedo.
—¿Me vas a regañar?
—Jamás.
Mariana llamó con una seña a Lupita, la niñera que cuidaba a Camila desde bebé.
Le sonrió como si nada pasara, aunque por dentro sentía que le estaban arrancando el corazón.
—Llévala por pastel, por favor. Del de fresa. Y no la sueltes.
Lupita entendió la mirada.
Tomó a Camila de la mano y se la llevó hacia la mesa de postres.
Mariana se quedó sola unos segundos, respirando lento.
El mariachi empezó a tocar “Si nos dejan”, como si el mundo se estuviera burlando de ella.
Iván se acercó primero.
Venía con 2 copas de champaña y la sonrisa perfecta de siempre.
—Amor, desapareciste. Todos están preguntando por la novia.
Pedro caminaba detrás de él, fingiendo tranquilidad, pero con la mandíbula dura.
—¿Todo bien, hermana?
Mariana sostuvo la mirada de los 2.
—Solo necesitaba aire.
Iván le tomó la mano.
El contacto, que antes le parecía tierno, ahora le dio asco.
—Después del brindis firmamos lo del cambio de administración, ¿va? Para que ya no te preocupes por abogados ni cuentas. Pedro y yo ya revisamos todo.
Ahí estaba.
La trampa envuelta en tono amable.
Mariana recordó la carpeta de piel.
Recordó las veces que Pedro le insistió en que el fideicomiso de Camila “estaba muy amarrado” y que necesitaba “más flexibilidad”.
Recordó que Rodrigo, antes de morir, había dejado una cuenta protegida para su hija.
2 departamentos en la Del Valle.
Un seguro de vida.
Inversiones para la universidad.
Todo bloqueado hasta que Camila cumpliera 18, salvo una cláusula: si Mariana se casaba de nuevo, el esposo podía firmar como coadministrador junto con 1 familiar directo de Mariana.
Rodrigo lo había hecho pensando que protegía a su hija.
Nunca imaginó que el familiar directo sería un lobo.
—Claro —dijo Mariana—. Después del brindis.
Iván sonrió.
Pedro también.
Pero Mariana ya no estaba ahí con ellos.
Con una excusa, se metió al pasillo que conectaba con los baños.
Sacó el celular con manos temblorosas y le escribió a Mónica Saldaña, la abogada que llevaba el fideicomiso de Rodrigo desde hacía 3 años.
“¿Alguien pidió información del fideicomiso de Camila recientemente?”
La respuesta llegó en menos de 2 minutos.
“Sí. Tu hermano Pedro. Hace 3 semanas. Dijo que tú lo autorizaste. Le pedí confirmación directa tuya y no volvió a responder. Tengo el correo. ¿Estás bien?”
Mariana leyó el mensaje 4 veces.
El ruido del salón parecía venir desde el fondo de un pozo.
Luego escribió:
“Necesito que guardes todo. Y llama a un abogado familiarista. Creo que intentan quitarle el patrimonio a mi hija.”
Mónica respondió:
“No firmes nada. Nada. Voy para allá.”
Mariana cerró los ojos.
Le ardía la garganta.
Pedro.
Su hermano.
El hombre que la abrazó en el funeral de Rodrigo.
El que se sentaba en su cocina a decirle “no estás sola”.
El que llevaba juguetes a Camila y le decía “tu tío siempre te va a cuidar”.
El mismo que ahora quería robarle.
Entonces recordó algo.
8 meses atrás, la noche en que Pedro le presentó a Iván, Mariana había grabado una nota de voz sin querer.
Habían estado en una cena en la Roma Norte. Ella quería guardar la receta de una salsa que preparó una amiga.
Activó la grabadora del celular, dejó el teléfono en una mesa junto al pasillo y se olvidó de apagarla.
Después nunca revisó la grabación completa.
La buscó entre sus archivos.
Sus dedos corrían por la pantalla como si su vida dependiera de eso.
Por fin la encontró.
Fecha: 8 meses atrás.
Duración: 47 minutos.
Le dio play.
Primero se escuchaban risas, platos, música de fondo.
Luego su propia voz preguntando por la receta.
Después pasos.
Y entonces, clara, apareció la voz de Pedro.
—Neta, Iván, ella ya está lista. Lleva 3 años sola. Con que le hables bonito a la niña, cae.
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