Aun así, Rosa lo convenció de ir. Ella planchó su traje gris con cuidado. No era un traje de victoria. Era la armadura mínima de un hombre que necesitaba salir de su casa sin parecer derrotado.
El viejo sedán crujió por las calles de la ciudad. Ernesto condujo con las manos rígidas sobre el volante, imaginando el mole poblano, la mesa, los silencios y las preguntas que Héctor fingiría no hacer.
Pero al llegar, encontró la puerta cerrada. La nota decía que había una emergencia familiar y que llamarían después. Nada más. Ni disculpas largas. Ni explicación. Solo otra entrada negada.
Ernesto volvió a la mansión antes de la una. El regreso temprano fue lo que cambió todo. Si Héctor hubiera estado en casa, si la comida hubiera ocurrido, Rosa habría tenido unas horas más.
La cocina estaba callada. No olía a comida. La radio no sonaba. Para cualquiera, eso habría sido un detalle. Para Ernesto, era una alarma, porque Rosa siempre dejaba alguna señal de vida en la casa.
Subió las escaleras despacio. El barandal estaba frío bajo su mano. En el pasillo de la habitación de invitados, una línea amarilla de luz se escapaba por la puerta entreabierta.
Empujó la puerta y durante unos segundos no pudo respirar. La cama, la alfombra y parte del suelo estaban cubiertos de billetes. Había fajos de quinientos pesos, de doscientos, de cien, bolsas abiertas y sobres abultados.