—La de tu álbum de recortes —dijo—. La noche que me enseñaste las fotos para la presentación de nuestro compromiso. Tenías una página con fotos de cuando eras bebé, de tu papá, de tu mamá y esa vieja foto del baile, escondida al final.
Julian me miró. —Reconocí a mi papá.
—¿Tu papá? —susurré.
Tragó saliva. —Leo era mi papá.
Se hizo el silencio.
Lila se aferró a la silla. —No. Espera. —Mamá, no es... No soy...
—Leo era mi padre.
—No —respondí rápidamente, tomándole las manos—. No, cariño. No pienses en eso. Amé a Leo mucho antes de que siquiera existieras.
—Mi madre se casó con él en 1990 —dijo Julian.
—¿Entonces por qué no nos lo dijiste? —preguntó Lila.
Apretó la mandíbula. —Porque tenía miedo.
—¿De perderme a mí misma?
—Sí.
—¿Así que mentiste?
—Retrasé la verdad.
—Tenía miedo.
—Eso es una mentira disfrazada —repliqué—. No tienes derecho a meter mi pasado en el futuro de mi hija y decidir cuándo estamos listos para escucharlo.
—Lo sé —dijo—. Lo manejé mal.
Lila se secó la mejilla.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. —Me repetía a mí misma que necesitaba el momento adecuado.
—No hay un momento adecuado para mentir —dije.
Asintió una vez, avergonzado—. Tienes razón.
—Lo manejé mal.